La niña no había estado muy bien las últimas semanas, no estaba comiendo como debería y no tenía esa elocuencia de siempre al hablar, de hecho prefería quedarse en silencio. Las horas le pasaban con calma, hasta podría decirse que ella misma las retenía. A veces la sorprendían distraída o absorta en sus propios pensamientos, como si guardara un secreto dentro de un muro de contención. La niña se iba a dormir muy tarde, casi como posponiendo la hora de ir a la cama.
Y es que lo que nadie sabía era que, efectivamente, al llegar la noche sentía una ansiedad y un miedo casi paranoicos que le recorrían todo el cuerpo, pasaban por su cerebro y llegaban a lo más profundo de su espíritu, llenándola de sentimientos desesperantes y abrumadores, haciendo que deliberadamente pospusiera sus delirios. Aun así, se iba a la cama con la esperanza de tener un sueño placentero... sin tener éxito casi nunca. Prácticamente todas las noches despertaba muy agitada, el corazón le latía rápido, el cuerpo le ardía y su respiración asemejaba a la de un atleta que había estado corriendo por 30 minutos sin parar. Cada vez las pesadillas eran peores, cada vez las sensaciones la ahogaban más y le costaba 1 hora y media calmarse y volver a dormir. La mayoría de las veces despertaba a las 5 am, por lo que esperaba hasta que amaneciera y, después de que su habitación se hubo iluminado, cerraba los ojos más tranquila y retomaba el sueño. Una noche hacía tanto calor que durmió semi-desnuda, sus simbolismos inconscientes eran tan atroces que (nuevamente) despertó. Se vistió y volvió a acurrucarse entre las sábanas, ¡JA, como si vestirse realmente la protegiera de algo! Y así pasó muchas noches, consumiéndose entre las sombras, tomando ligeras acciones rápidas que la hicieran sentir de vuelta, que la hicieran pensar que estaba segura.
A pesar de todo, cada vez que despertaba se encontraba sola en medio de su habitación, y por mucho que viera sus cosas, que reconociera la realidad y que supiera que ya no estaba sumergida en sus absurdas y horribles imágenes mentales, la oscuridad la separaba del resto del mundo y sentía que dentro de ella se libraba una batalla en la que sus propios demonios le llevaban la delantera. Podía decidir sobre su vida cotidiana postergando así aquel momento, pero sólo hasta ese entonces... luego de eso su voluntad simplemente moría hasta que, desesperadamente, abría los ojos otra vez.
Y es que lo que nadie sabía era que, efectivamente, al llegar la noche sentía una ansiedad y un miedo casi paranoicos que le recorrían todo el cuerpo, pasaban por su cerebro y llegaban a lo más profundo de su espíritu, llenándola de sentimientos desesperantes y abrumadores, haciendo que deliberadamente pospusiera sus delirios. Aun así, se iba a la cama con la esperanza de tener un sueño placentero... sin tener éxito casi nunca. Prácticamente todas las noches despertaba muy agitada, el corazón le latía rápido, el cuerpo le ardía y su respiración asemejaba a la de un atleta que había estado corriendo por 30 minutos sin parar. Cada vez las pesadillas eran peores, cada vez las sensaciones la ahogaban más y le costaba 1 hora y media calmarse y volver a dormir. La mayoría de las veces despertaba a las 5 am, por lo que esperaba hasta que amaneciera y, después de que su habitación se hubo iluminado, cerraba los ojos más tranquila y retomaba el sueño. Una noche hacía tanto calor que durmió semi-desnuda, sus simbolismos inconscientes eran tan atroces que (nuevamente) despertó. Se vistió y volvió a acurrucarse entre las sábanas, ¡JA, como si vestirse realmente la protegiera de algo! Y así pasó muchas noches, consumiéndose entre las sombras, tomando ligeras acciones rápidas que la hicieran sentir de vuelta, que la hicieran pensar que estaba segura.
A pesar de todo, cada vez que despertaba se encontraba sola en medio de su habitación, y por mucho que viera sus cosas, que reconociera la realidad y que supiera que ya no estaba sumergida en sus absurdas y horribles imágenes mentales, la oscuridad la separaba del resto del mundo y sentía que dentro de ella se libraba una batalla en la que sus propios demonios le llevaban la delantera. Podía decidir sobre su vida cotidiana postergando así aquel momento, pero sólo hasta ese entonces... luego de eso su voluntad simplemente moría hasta que, desesperadamente, abría los ojos otra vez.
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